miércoles, 5 de diciembre de 2012

Jacques Prévert (Francia)

Desayuno


Ha puesto el café
En la taza
Ha puesto la leche
En la taza de café
Ha puesto el azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo ha movido
Ha bebido el café con leche
Y ha dejado la taza
Sin hablarme
Ha encendido un cigarrillo
Ha hecho círculos
Con el humo
Ha echado las cenizas
Al cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se ha levantado
Se ha puesto
El sombrero en la cabeza
Se ha puesto
La gabardina
Porque llovía
Y se ha marchado
Bajo la lluvia
Sin decir una palabra
Sin mirarme
Y yo me he puesto
Las manos en la cabeza
Y he llorado.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Kahlil Gibrán (Nació el 6 de enero de 1883 en Bcharri, un pueblo de Líbano)




Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

lunes, 29 de octubre de 2012

Robert Creeley (Estados Unidos)






La colina

Ha pasado cierto tiempo
desde que me encuentro ante
lo que alguna vez me devolvió
y transformó mi cabeza
en un cruel instrumento

Es fácil confesarlo.
Y habiéndolo hecho, partir,
partir lejos, para volver otra vez.

Pero esa forma, debo decirlo,
está muerta en mí por completo.
Y no dejaré que reaparezca.

Llamadla perversidad, la deliberada,
magnánima crueldad
que está en mí
como una colina.

sábado, 20 de octubre de 2012

Pablo Neruda (Chile)






Oda a la envidia


Yo vine
del Sur, de la Frontera.
La vida era lluviosa.
Cuando llegué a Santiago
me costó mucho cambiar de traje.
Yo venía vestido
de riguroso invierno.
Flores de la intemperie
me cubrían.
Me desangré mudándome
de casa.
Todo estaba repleto,
hasta el aire tenía
olor a gente triste.
En las pensiones
se caía el papel
de las paredes.
Escribí, escribí sólo
para no morirme.
Y entonces
apenas
mis versos de muchacho
desterrado
ardieron
en la calle
me ladró Teodorico
y me mordió Ruibarbo.
Yo me hundí
en el abismo
de las casas más pobres,
debajo de la cama,
en la cocina,
adentro del armario,
donde nadie pudiera examinarme,
escribí, escribí sólo
para no morirme.

Todo fue igual. Se irguieron
amenazantes
contra mi poesía,
con ganchos, con cuchillos,
con alicates negros.

Crucé entonces
los mares
en el horror del clima
que susurraba fiebre con los ríos,
rodeado de violentos
azafranes y dioses,
me perdí en el tumulto
de los tambores negros,
en las emanaciones
del crepúsculo,
me sepulté y entonces
escribí, escribí sólo
para no morirme.

Yo vivía tan lejos, era grave
mi total abandono,
pero aquí los caimanes
afilaban
sus dentelladas verdes.

Regresé de mis viajes.
Besé a todos,
las mujeres, los hombres
y los niños.
Tuve partido, patria.
Tuve estrella.

Se colgó de mi brazo
la alegría.
Entonces en la noche,
en el invierno,
en los trenes, en medio
del combate,
junto al mar o las minas,
en el desierto o junto
a la que amaba
o acosado, buscándome
la policía,
hice sencillos versos
para todos los hombres
y para no morirme.

Y ahora,
otra vez ahí están.
Son insistentes
como los gusanos,
son invisibles
como los ratones
de un navío
van navegando
donde yo navego,
me descuido y me muerden
los zapatos,
existen porque existo.
Qué puedo hacer?
Yo creo
que seguiré cantando
hasta morirme.
No puedo en este punto
hacerles concesiones.
Puedo, si lo desean,
regalarles
una paquetería,
comprarles un paraguas
para que se protejan
de la lluvia inclemente
que conmigo llegó de la Frontera,
puedo enseñarles a andar a caballo,
o darles por lo menos
la cola de mi perro,
pero quiero que entiendan
que no puedo
amarrarme la boca
para que ellos
sustituyan mi canto.
No es posible.
No puedo.
Con amor o tristeza,
de madrugada fría,
a las tres de la tarde,
o en la noche,
a toda hora,
furioso, enamorado,
en tren, en primavera,
a oscuras saliendo
de una boda,
atravesando el bosque
o en la oficina,
a las tres de la tarde
o en la noche,
a toda hora,
escribiré no sólo
para no morirme,
sino para ayudar
a que otros vivan,
porque parece que alguien
necesita mi canto.
Seré,
seré implacable.
Yo les pido que sostengan
sin tregua el estandarte
de la envidia.
Me acostumbré a sus dientes.
Me hacen falta.
Pero quiero decirles
que es verdad:
me moriré algún día
(no dejaré de darles
esa satisfacción postrera),
no hay duda,
pero moriré cantando.
Y estoy casi seguro,
aunque no les agrade esta noticia,
que seguirá
mi canto
más acá de la muerte,
en medio
de mi patria,
será mi voz, la voz
del fuego o de la lluvia
o la voz de otros hombres,
porque con lluvia o fuego quedó escrito
que la simple
poesía
vive
a pesar de todo,
tiene una eternidad que no se asusta
tiene tanta salud
como una ordeñadora
y en su sonrisa tanta dentadura
como para arruinar las esperanzas
de todos los reunidos
roedores.

domingo, 14 de octubre de 2012

Yannis Ritsos (1 de mayo de 1909 en Monemvasia - 11 de noviembre de 1990 en Atenas)





El guante que llevas...


El guante que llevas
no puedes examinarlo
por dentro.
Tienes que quitártelo
volverlo del revés
entrada la noche
en la estrecha habitación
ya que todo el día habrás saludado
a propios y extraños
con la mano desnuda.

lunes, 8 de octubre de 2012

Rosario Castellanos (México)









Destino

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.


El hombre es animal de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.


¡Ah! pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.


El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo de un tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
- antes que lo devoren - ( cómplice, fascinado )
igual a su enemigo.


Damos la vida sólo a lo que odiamos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Raúl Gustavo Aguirre (Argentina)





El poeta perdido

 

Hoy encontré en la calle a un viejo amigo que escribía poemas,

delicados, modestos y radiantes poemas.

Y me contó el amigo que en otro tiempo fue la poesía una indagación de su ser,

que fue la poesía un hermoso momento de su vida,

que después se casó, tuvo hijos, y ahora peleaba duramente por el pan de los suyos

y no escribía más poemas porque ya no necesitaba escribirlos.

Y yo le dije me parece muy bien:

vives en el poema verdadero

que es vivir con aquellos, por aquellos que amas.

Y mi amigo se fue, su rostro triste y sus espaldas encorvadas,

y yo pensé que cada uno tiene derecho a vivir como puede,

pero en el fondo un sentimiento me decía

que en él había algo vencido,

que si uno peleó por sacudirle el polvo a las palabras

y el resplandor de las palabras le quemó hasta los tuétanos,

ya no se puede ir para atrás porque entonces los vampiros avanzan

y hasta Rimbaud, si hemos de creer a su hermana, comprendió en su agonía

que hay que morir peleando por el poema de siempre.